Una furgoneta con unos cuantos locos en Barcelona y la onda expansiva que desata un tsunami a su alrededor. Y no, no sólo hablo de atentados.

El yin y el yang existen y al parecer, cuando el horror se hace verdad, crecen dos olas que chocan entre sí para compensar su movimiento y permitirnos seguir flotando. Eso sí, ante la inundación, siempre hay algún gilipollas que considera que es buen momento para surfear en busca de su minuto de gloria.

Mi buen amigo Javier Vargas me lo resumió perfectamente en una frase: “Ya me parece de gilipollas ir a un concierto y pasarse todo el rato mirando una pantalla minúscula en lugar de disfrutar del espectáculo pero esto es otro nivel. No me puedo explicar que lo primero que se le ocurra a alguien instantes después de un atentado sea sacar el móvil y ponerse a grabar muertos”.

Aquí tendríamos al surfero principal. El que agarra la tabla y se deja ver entre la multitud, demostrando que el ser humano siempre se supera en estas situaciones… Y no necesariamente para bien.
Cuerpos por las aceras, personas pidiendo auxilio y en lugar de arrimar el hombro, las manos y hasta la ropa, arrima un morbo totalmente innecesario al sufrimiento ajeno.

Pero ahí no acaba la cosa. Ojalá. El surfero principal es gilipollas, obviamente, pero no existiría de no ser por las olas que lo impulsan hasta la orilla. Esos jaleadores del tonto que se convierten, a su vez, en tontitos. Algo así como una estructura piramidal de la mala gente y los gilipollas.

El gilipollas principal, el surfero con su tabla y su vídeo morboso, ha sido bendecido con un mar de contactos de su misma cuerda. Ellos son los primeros en recibir la mala nueva y se creen en la obligación de compartirlas con todos los demás. Matemáticas básicas: si cada contacto gilipollas tiene dos contactos gilipollas más y estos a su vez a otros dos… Sólo tenéis que echar cuentas.

Lo que no parecen pensar estos imbéciles playeros es que esas personas que yacen muertas o heridas tienen familia. O tenían. Y como la gilipollez es una plaga, probablemente esos familiares tengan la mala suerte de conocer a algún otro imbécil que les haga llegar imágenes de su propio familiar muerto…
Pero nadie hace nada por parar esta rueda de la tontería, el morbo y la falta de escrúpulo porque, simplemente, no interesa hacerlo.

Los medios, ante este tipo de situaciones, acuden como locos al mar de Internet en busca de las mejores peores imágenes de la masacre. Un greatest hits del horror. Navegan como locos para poder ofrecer en prime time las imágenes inéditas más chocantes.
Se retroalimentan la necesidad imperiosa de imágenes de los medios de comunicación con las ganas de algunos idiotas por tener sus cinco minutos de fama. Y esto no hay quien lo pare.

Ya me imagino al orgulloso autor de una grabación de la muerte en primerísimo primer plano, viendo su pieza en las noticias y soltando en mitad del bar: “Fue un horror, y lo sé porque esas imágenes las grabé yo… ¿a que mola?

Y esta vez fue un atentado y ahora estoy hablando de imágenes, pero estoy cansado de ver la deriva de la televisión “familiar” en nuestro país. Os juro que cada vez que desaparece un niño en España puedo imaginar a los productores de programas como Espejo Público frontándose las manos.-

– Eh, ¿has oído? Acaba de desaparecer un niño en Alicante.
– Guau, estamos en racha porque acaban de volver a abrir la búsqueda del cuerpo de la chica de Sevilla.
– ¡Genial! Así casi no tenemos que trabajar tío. ¡Este programa se hace solo!

Pero quisiera desviarme de Barcelona, al menos no demasiado. Prefiero volver a sumergirme en esa zona noble de la ola que trata de impulsar este tsunami de maldad fuera de nuestro océano.

Hablo de esos navegantes que abren sus casas a extranjeros a la deriva perdidos en medio del horror. Y que no esperan nada salvo, y ojalá nunca la necesiten, la hospitalidad de otros marinos en otros puertos y en otros mares.

Hablo de esas personas que luchan contra la islamofobia que parece haberse convertido en el camino fácil. Esas personas que deben incluso enfrentarse a los ignorantes en sus propias familias, soltando el ancla para poner freno a comentarios racistas en grupos de Whatsapp o publicaciones de Facebook.

Hablo, por fin, de esos socorristas de la razón que intentan hacer ver a los demás que esto no va sobre religiones sino sobre personas.

Porque quizá en esta playa no estemos del todo bien, pero ahí fuera existen bahías ya secas de tanta muerte.
Porque tú nunca tuviste que nadar para huir.
Porque tú nunca casi moriste ahogado para salvar tu vida.

Porque tú sólo eres españolito porque naciste aquí. Suerte que tuviste.

Y porque no.
Porque eso no te convierte en mejor que nadie.