Lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Nunca os hubiera reprochado nada de haber sabido que no lo hacéis porque unos terroristas han secuestrado a vuestros familiares y os amenazan con matarlos en caso de que lo hagáis. Así es normal que no atinéis.
Ah, ¿que no es eso?

Entonces lo entiendo. De verdad que lo entiendo. No lo hacéis por aquella antigua lesión metacarpiana que os tuvo retirados de la profesión durante tantos años. ¡Haber empezado por ahí! De esa forma, es imposible que me enfade con vosotros. Nunca me podría perdonar que, al hacerlo, recayerais de esa dolencia que tanto os turbó la vida.
¿Qué tampoco es eso?

Pues no hace falta decir más. Lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Me hubiera ahorrado esos gritos que os he ido regalando si me hubierais explicado antes que dejasteis de hacerlo porque tuvisteis una experiencia extracorpórea en la que un ángel enviado del más allá os reveló los males que provocaríais al hacerlo. No se puede luchar contra lo sobrenatural. Donde hay Dios no manda nazareno.
¿Cómo? ¿Que no es esa la razón?

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