Félix Vida Web

Otro proyecto que dejaré a medias

Sin el debido respeto, cerebro

Un malhechor entra en tu casa a robar. Tras descubrirte sentado frente al televisor viendo Telecinco te emboca con su revólver y te anuncia que la próxima bala lleva tu nombre. Tensiona el dedo sobre el gatillo pero, antes de disparar, te pregunta: “¿Dónde prefieres que apunte: a la tibia o al cerebro?”.
Puedo suponer tu reacción.

En primer lugar, te sorprendería que un maleante de tal calibre te sondee sobre la zona en la que herirte. ¡Brindemos por los ladrones de buen corazón! O a lo mejor no iba a dispararte pero claro, es que estabas viendo Telecinco… Y se ha encendido el muchacho.

En segundo lugar, no dudarías un instante a responder: “La tibia”. Estoy seguro de que no te plantearías ni por un segundo la opción de elegir el cerebro como destino para esa bala. ¿Me equivoco?
Seguro de que no.

Siguiendo esta premisa, todos convendremos en la importancia del cerebro sobre los huesos y, si me apuras, casi sobre cualquier órgano del cuerpo. El cerebro es la piedra roseta del cuerpo humano. El organizador de juego. El Xavi Hernández.

Siendo creativos, el cuerpo humano es una pista de baile a la que todos los órganos salen a bailar; la mayoría de las veces con una coordinación mágica. Pero dentro de la pista de baile, como en toda graduación a la americana, siempre están los chulitos y los perdedores, las animadoras y las empollonas.
El equipo de futbol y los nerds.

Si seguimos con la analogía, los amos de la pista serían el equipo de futbol. Entre ellos, obviamente, siempre existen rencillas y disputas por el mando pero, en mi opinión, el quarterback sería el cerebro. Sin duda.

El corazón, los pulmones, los riñones… Todos son jugadores fundamentales pero para el cerebro no tenemos recambio en el banquillo. No hay rotaciones para su posición. Ni siquiera una donación posible.

El cerebro es la ropa interior de nuestro cuerpo.
El artículo sin devolución.

Si suponemos todo esto como verdad, y parece que lo es… ¿Por qué lo respetamos tan poco? Me explico.

Como muchos sabéis yo soy de Jerez de la Frontera y se dice que “en Jeré, el que no toca no ve” en el sentido que necesitamos tocar y manipular cada elemento que nos rodea. Por ejemplo, si vas a una tienda de música y no tocas las teclas del piano de exposición es como si no hubieras ido.

Se dice que somos así pero sinceramente creo que nuestra fama, aunque merecida, no es única del jerezano. De hecho, esa obsesión por lo tangible la extrapolaría a cada ser humano de este bendito planeta. Sí, puede que los japoneses no echen mano de cada cosa que les rodea pero entiendo que no es por falta de ganas sino por sobra de educación.

Respetamos más aquello de lo que tenemos pruebas. Lo que vemos. Lo que tocamos.
Desde santo Tomás, que necesitó introducir sus dedos en las llagas de Jesucristo, hasta cuando le das pataditas a las ruedas del coche como si tuvieras la capacidad de medir la presión con la punta del zapato.

Pero llegados a este punto… Enfermemos. Y nos ocurrirá lo mismo.

Os juro que rezo, literalmente, para que nunca os ocurra pero si algún día os enfrentáis a un hueso fuera de su sitio, a un derrame visible bajo la piel o a un tumor lúcido a la luz de la radiografía; no encontraréis a nadie que dude de vosotros. Nadie.
Os animarán y a lo sumo, cada uno ya en su casa, comentarán el mal trago que debes estar pasando y lo fuerte o débil que se te ve.

Enfermemos, Dios no lo quiera, ahora de lo intangible. Lo esencial es invisible a los ojos le dijo el zorro a El Principito y puede que sea verdad, pero no estamos educados así.

Todo lo anterior. Con todo mi desfile de ejemplos y pamplinas, simplemente quería llegar hasta aquí.

¿Os apetece una buena depresión? O mejor aún, ¿qué tal un buen trastorno alimentario? También tengo para ofreceros manías persecutorias, desdobles de personalidad e incluso alguna paranoia esquizoide.
Ah, sin olvidarnos de esos que se arrancan los pelos de las cejas.

Si algún día, y os juro que sigo rezando, tenéis que pasar por alguna de estas enfermedades es muy probable que os crucéis con algunos “santos tomases” en vuestro camino.

Lo repito ahora en mayúsculas: ENFERMEDADES.

Es una cuestión de respeto. Del que no le tenemos al cerebro ajeno. Y a la fuerza de la que es capaz.

Tengo la impresión de que no se da el mismo tratamiento a una persona con la pierna rota que a otra con depresiones. El primero es un enfermo; el segundo es un loquito.

Cuántos de nosotros no hemos comentado que esa vecina deprimida del quinto “no tiene motivos para estar así, si vive mejor que yo”. O peor aún, exponer ante la chica anoréxica de clase que “ya estaba bien así”.

Todos lo hemos hecho alguna vez. Y seguro que no fue con mala intención sino porque no somos capaces de entender lo que no vemos y, rara vez, somos capaces de compartir lo que no sufrimos.

Todo esto es un alegato, probablemente demasiado extenso, al respeto. Porque, aunque he cumplido 30 sin abandonar mi niño interior de 15, he aprendido algo por el camino. Y, por qué no, también he sufrido a ratos.

Hace poco más de un año atravesé o, mejor dicho, me atravesó una depresión bastante intensa a ratos. Hoy haré el esfuerzo de volver a ese momento. Y digo “esfuerzo” porque aún me da miedo hacerlo aunque sólo sea un viaje mental sabiendo voy bien sujeto y que me he prometido no sacar los brazos de vagón durante el trayecto.

Visto desde fuera, el sol había salido tras los grises nubarrones. Había vuelto de Luxemburgo con mi pareja después de pasar junto a ella más de una semana ingresados en un hospital. Además, acaba de ser tito por primera vez de la que debía ser mi nueva personita favorita en la Tierra.

En resumen, aunque había pasado malos días subiendo aquella montaña al fin la logré coronar. De lo que nadie me avisó es que cualquier montaña puede ser un volcán y cualquier grieta una chimenea sobre la que tropezar.

Es lo que ocurre cuanto más brilla el sol, que más oscuras son las sombras.

Nadie podía entender lo que me pasaba. Y ese nadie me incluye también. Haciendo uso, y abuso, de todo mi poder razonador era capaz de comprender que nada de aquello tenía sentido. Pero la teoría no encajaba con la práctica y suspendía cada examen.

Os narraré dos escenas que recordaré siempre.

La primera se produjo en la habitación del hospital en la que nació mi sobrina. Habría unas 7 personas, todos agasajando y sonriendo a la nueva inquilina del mundo. Yo entre ellos. Fui al baño un momento, cerré la puerta y me miré al espejo. Lo siguiente fueron cinco minutos llorando sin parar. Sin más motivo que la tristeza. Sin más explicación.
Un simple tabique separaba dos mundos. De un lado, el sol. Del otro… todo lo demás.

La segunda escena es una conversación dentro de un coche. Al volante, mis ojos y de copiloto, los de mi novia. Los míos que comienzan a llorar y los suyos que los imitan. Veo que intenta entenderme y sólo acierto a explotar: “No te imaginas el infierno que hay aquí dentro” mientras con el dedo me señalo algún kilómetro de mi cabeza.

Tengo más escenas pero no quiero una película.

La tormenta pasó y salió el sol. Para mí también. Tuvieron que transcurrir unos meses en los que, poco a poco, fui cerrando el paraguas aunque, de cuando en cuando, aún podía oír los truenos.

Estuve enfermo. ENFERMO. Y no loquito. Enfermo. Y, ¿sabéis qué?
Que no pasa nada.

Si ahora estoy bajo el sol es porque supe reconocer los momentos en que llovía. Y admitirlo. Y comprender que me estaba mojando.

Gracias a mi familia siempre tuve dónde guarecerme cuando más arreciaba y, estoy seguro, a mis espaldas todos comentaban que por qué estaba así sino tenía motivos. Que tenía un toquecito dado.
Y no les culpo. Yo habría hecho lo mismo.

Estoy orgulloso de lo que me pasó y sobre todo, estoy orgulloso de cómo lo sobrepasé. Ahora, con una tormenta de más, ya soy capaz de reconocer que nunca llueve a gusto de todos. E intentaré juzgar menos.
Y siempre llevo un paraguas de más.

Esta es otra confesión al estilo de aquella que tanto me costó soltar porque en ocasiones, es más cómodo inventar la vida de otro que escribir sobre la propia.

Lo dicho, ni os imagináis el infierno que hay aquí dentro.

PD. También soy hipocondriaco pero eso me lo estoy guardando para un monólogo.

3 Comentarios

  1. Enfermo estuviste. Loquito sigues. Esa es la diferencia.

    Pd: Ailofiu

  2. Ya ves Félix, estoy leyendo tu blog de principio al fin. Pues cuando me gusta algo sigo leyendo, claro. Esta entrada me parece magnifica. Gracias por compartir tu experiencia. Yo pasé por depresión cuando era adolescente y fue horrible. Pero una sugerencia. Puedo preguntarte ¿cómo saliste de la depresión? Es por si alguien lo está sufriendo y lee esa entrada, igual le ayuda saberlo. Una vez más gracias por esta entrada tan franca, dolorosa pero muy que muy bonita.

    • Felix Vida

      27 diciembre, 2018 at 10:58

      La verdad es que me flipa que me leas 🙂

      Salí de aquello con paciencia, intentando no atormentarme demasiado por las cosas que no podía controlar y con mucho cariño de la gente de mi alrededor. No creo que haya grandes trucos salvo reconocer que tienes un problema y, a partir de ahí, dejarte aconsejar por aquellos que saben de esto. No hay milagros…

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