Estoy de estreno. Trabajo, para más señas. Voy de uniforme, paso bastante tiempo sentado y saludo a mucha gente. Una buena sonrisa siempre abre puertas y, en este caso, casi es algo literal. Abrir puertas y sonreír. Me siento un poco como San Pedro, pero supongo que él no tiene que lidiar con el problema de que las almas le dejen marcadas las huellas de sus manos en las cristaleras de las puertas.

Cuando no soy San Pedro puedo jugar a ser dios, aunque en minúsculas. La luz se hace cuando yo lo ordeno, puedo regar campos y abrir el cuarto de contadores, que vale que no suena tan bonito pero que también tiene su aquel.

No soy todopoderoso ni omnisciente pero un poco omnipresente… sí. Soy capaz de recorrer grandes distancias para saber qué está ocurriendo en diferentes lugares a golpe de córnea. Unos ángeles de seguridad enviados con cámaras hicieron posible dicho milagro. También es verdad que existen los agentes del diablo: interferencias y telarañas que dificultan mi poder pero, mal que bien, aún les puedo.

Pues con todo lo anterior he concluido que poseo uno de esos trabajos en los que lo mejor que puede pasar… es que nada pase. En mi paraíso particular, para que el bien no gane al mal, lo mejor es que no exista batalla alguna. Es algo injusto porque el bando del bien pierde en todas las guerras, aunque las gane. El mal, por su lado, gana hasta cuando pierde. ¿Lo mejor entonces? La nada.

Hay trabajos que son así, que si fueran parte de una relación homosexual serían el agente pasivo, esperando al participante activo para poder hacer su parte. Me honro de ser pasivo; de pertenecer al mismo cuerpo laboral que las fuerzas del orden, los médicos de guardia y los cuervos que tiran nueces a la carretera para que los coches les hagan el trabajo sucio. Somos fuerzas de reacción a una acción primera. Somos la solución a los problemas. Somos la luz en la oscuridad… ¡Somos Batman!

Perdón. Que me he venido arriba.

El asunto es que este trabajo es el reflejo de una forma de pasar por la vida. Podemos vivir como agentes pasivos, modificando los ítems que nos lleguen o podemos tratar de crearlos nosotros para convertirnos en una suerte de dioses, pero de otro tipo. Tanto los que viven esperando como los que lo hacen buscando son necesarios y están destinados a encontrarse. Se puede vivir activamente la pasividad y viceversa. ¿Quién marca los límites? Pues seguramente, alguno de los activos para que alguien entre los pasivos reaccione y, al fin, todo se compense.

En lo personal, disfruto de los dos estados. En ambos me encuentro cómodo y en ambos me reconozco. Vivo activamente mi trabajo de dios pasivo. Trabajo pasivamente mi activa divinidad.

Cada uno que sea tan pasivo como deseé, aunque desear sea algo activo.

Yo, por mi parte, me vuelvo a mi cielo y a mi activa pasividad. Estoy abierto a que mis almas seglares siguen dejando huella en mí corazón.

Y en las cristaleras de mis puertas.