“La felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria”.

En el gran universo de Internet se atribuye esta cita a diferentes autores y no sabría dilucidar para vosotros cuál fue el primero que la acuñó. Yo particularmente se la oí por primera vez a Pepe Domingo Castaño en el Tiempo de Juego de la Cadena Cope.
Y no podría estar más de acuerdo.

Quien me conoce bien sabe de mi increíble capacidad para olvidarlo todo. Por poner un ejemplo: para mí, y debe ser un gen familiar porque mi hermana también lo soporta, el 90 % de las películas son nuevas independientemente de las veces que las haya visto.

Y donde digo “películas” podéis englobar libros, series, etc. Es una condena a la que todavía no consigo acostumbrarme y que bien me sirve la mofa de mis allegados.

– Pero ¿cómo puede ser que no recuerdes el final de la peli? ¡Si la vimos ayer!
– Lo sé, pero es que no consigo recordar que pasaba con el chiquillo rubio al final…
– ¡PERO SI ESA ES LA CLAVE DE LA PELÍCULA!

He llegado a preocuparme en muchas ocasiones interpretando estas lagunas como avanzadillas del mar senil que me espera. Aunque espero que no.
Pero esperaremos a ver.

Mi mala memoria general, como todo, tiene excepciones. A veces parecen grabarse a fuego las mayores tonterías que vivo, o que digo, o que dicen; y esas no tengo forma de quitármelas de encima. No aportan nada salvo quizá alguna risa perdida pero por lo demás, sólo ocupan espacio en el disco duro.

Curiosamente, sin embargo, siempre he sido buen estudiante. O, mejor dicho, lo sigo siendo porque no tengo intención de dejar  nunca de aprender.
No obstante, mi buena capacidad de retentiva estudiantil se esfumaba en cuanto entregaba la hoja de examen y salía del aula, como si mi mente se dijese a si misma: “Trámite cumplido… Erasing data”. Y a olvidar otra cosa.

Y no puedo discutir. Al menos no con mi pareja.
¿Conocéis esa discusión en la que uno argumenta que una cosa pasó de una determinada manera y el otro dice que no pasó así sino de otra totalmente diferente? ¿Sabéis de ese salseo que añade picante en las relaciones personales y las llena de discusiones intensas pero fugaces?
Pues yo no lo tengo. Lo intento, claro está, pero mi novia solo tiene que jugar la carta del “¿en serio me vas a discutir esto sabiendo la memoria que tienes?” y voy a la lona. KO técnico en el primer asalto.

Y hasta aquí las desventajas. Ahora recordemos, mientras pueda, lo que flota sobre el haz de este envés.

En mi mundo, sorprenderse es fácil. Incluso cuando ya te sorprendiste anteriormente por el mismo hecho. El máximo ejemplo sería, de nuevo, el audiovisual.

Salvo honrosas excepciones que a fuerza de visionados he conseguido tatuarme en la mente, todo contenido que consumo cae sobre la tabula rasa que soy, con lo que puedo vibrar varias veces con el mismo punto de giro de cualquier obra, o con su cenit final.
Miradlo así: ya que me ha tocado vivir en el día de la marmota, permitidme al menos que no recuerde si comienza ya la primavera.

La segunda cara de esta cruz y al fin, la que motiva este escrito, es la falta de rencor. Si soy incapaz de recordar por qué discutimos, ¿para qué vamos a seguir enfadados? Si ya no me parece tan malo aquello que nos hicimos, ¿por qué va a seguir separándonos?

Sé que muchos no compartirán conmigo este desorden ni este pensamiento pero considero que un mal recuerdo pasado no debe impedir que creemos buenos recuerdos futuros. Así no me perderé nada contigo. Así no me permitirás olvidarte.

Y hablo con conocimiento de causa de una noche que todavía recuerdo. Que recuerdo porque fue ayer. Una noche que no recordaría sino se hubiese producido. Y que no se hubiese producido sino tuviésemos mala memoria para saber perdonarnos.

Y recuerdo aquel bendito día en que decidí tragarme el orgullo de un enfado que he olvidado. Recuerdo olvidar la necesidad de buscar culpables. Recuerdo simplemente las ganas de crear nuevos recuerdos. Y recuerdo un spoiler.
Y me recuerdo riendo.
Y no quiero olvidarlo.

Luego reflexionas sobre el pasado y calculas el tiempo y energías que has malgastado destruyendo lo que tanto te gustó crear. Y comprendes que no merece la pena porque, permitidme el spoiler del final de American History X…
“La vida es demasiado corta para estar siempre cabreado. No vale la pena”.

 

PD. ¿Puede ser que ya hubiera hablado de esto en alguno de mis anteriores blogs?
Sinceramente, creo que sí pero…

Ya no me acuerdo.