Quién tuviera 15 años y estos sueños. Los mismos que ahora, pasada la barrera de los 30, me sorprenden mirando al infinito.

Quién volviera a susurrarle a mi oído que el miedo es cobarde, que se esconde si le enfrentas. Pero que siempre volverá. Que será una lucha interminable que nunca debes perder pero sabiendo que jamás terminarás de ganar.

Quién le chivase al infante que fui que besar no era tan importante si los labios no eran los correctos. Que el boquerón era sólo un pez que se perdería contracorriente en el mar de saliva adecuada. Y que no llegaría a naufragar.

Quién tuviera la capacidad de explicarme que el tiempo se agota. Y las personas. Que una mañana cualquiera perdería una de mis sonrisas favoritas. Y que lo que más me asustaría sería olvidarla. El hecho de dejar de visitarla en el pozo de mis recuerdos que se sigue llenando de nuevas historias.
Llorando sobre mojado.

Quién pudiera volver a soplar 15 velas y después marchar a jugar. Mancharse de barro con las eternas tardes de verano, y limpiarse del día con un beso y un peluche entre las sábanas.

Quién mostrara a aquel chaval gordito que lo que parecía el infierno con horario de oficina era en realidad el más plácido de los oasis. Y que llegar a los 18 sería todo lo contrario a “hacer lo que le diera la gana”. Y que era más rico sin dinero.

Quién debiera contarme todo esto a la mitad de mi edad actual no lo hizo y hoy, con dos canas nueva en el mentón, comienzo a sospechar que alguien me está ocultando algo que conoceré cuando tenga el doble.
Y ojalá.

Quizá es que esto funcione así. Que nadie pueda advertirte cómo será el resto del camino porque a lo peor, cuando llegues, lo están asfaltando. O adoquinando. Y los consejos no son más que los recuerdos propios aplicados sobre una tercera persona.
Adoquines reciclados.

Es irónico.
Conocemos cuando debemos lo que desconocimos cuando debimos.

No culparé a nadie por lo que no me dijo cuando tuvo voz pero tomaré medidas para el futuro. Al fin y al cabo, quién mejor que yo mismo para decirle a mi niño interior que el treintañero que soy no lo ha terminado de soltar. Y que nunca lo hará. Que continuaremos aprendiendo juntos.

Y que seguimos llevando los sueños colgados de un palo delante de nuestros ojos, como burros y zanahorias.
Y que el día menos pensado aprenderemos a mirar hacia arriba en lugar de hacia delante.

Y los sueños se nos caerán encima.