Supongo que he tenido suerte si no soy capaz de recordar un mal plato por Navidad. La mesa se convertía aquellas noches en un campo de futbol y, sobre él, una alineación con la que era imposible perder el partido. Imagina.

En la portería, el cangrejo. ¿Quién se iba a atrever a meterle un gol a un bicho de cáscara dura, diez patas y dos pinzas por guantes?

Lomo, chorizo, jamón y carne mechada… ¡Vaya defensa! No imagino delantero capaz de enfrentarse a una zaga tan ibérica sin salir siendo un pringado. Literalmente.

Los langostinos son los reyes del centro del campo repartiendo el juego hacia las bandas donde, quién si no, se encuentran las gambas. Para ellas, más pequeñas y rápidas, es sencillo recorrer el campo y hacer lo que mejor saben: gambetear.

Y en la delantera, para cerrar tan magno equipo, el pavo relleno. El de mi abuela, ¡no acepten imitaciones! Con gran cuerpo, buena presencia y capaz de matar al que quiera morir de sabor.

Así eran las cenas navideñas en casa. Y aún juegan a serlo pero, para ser sinceros, debo reconocer que las temporadas van pasando, los jugadores van envejeciendo y el campo ya no luce tanto como antes. Ahora, la mesa que hacía las veces de terreno de juego ha cambiado y, lo peor, se ha llevado con ella a muchos de los espectadores que daban vida al partido.

El socio más antiguo se marchó la madrugada previa al cumpleaños de su nieta. Se ve que ya no le interesaba lo que había en juego y decidió quedarse dormido.

Su mujer no quiso acompañarlo y aún presencia las mejores jugadas pero hace tiempo que no recuerda cuáles eran las reglas ni, mucho me temo, siquiera sabe ya lo que es un partido.

El resto de la afición va y viene. Por lo que sé, ahora hay partidos que también se juegan fuera de casa. En otras casas. Ante otro público.

Lo reconozco, el partido navideño ha perdido fuerza con el tiempo y ahora sólo nos reunimos una pequeña peña de aficionados que aún pensamos que sigue siendo agradable estar unidos cuando más frío hace. ¡Hasta tenemos una pequeña nueva socia! Esperemos que tenga buena voz para animar en los partidos que queden por jugar.

Así que no. Lo siento pero no. No soy capaz de recordar un mal gol. Digo… un mal plato de Navidad.

Y eso me da miedo.

Me asusta pensar que, entonces, los peores platos son los que están por venir. Y los peores partidos.

¡Con lo que a mí me gustaba el futbol!