Félix Vida Web

Otro proyecto que dejaré a medias

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Un San Pedro secular

Estoy de estreno. Trabajo, para más señas. Voy de uniforme, paso bastante tiempo sentado y saludo a mucha gente. Una buena sonrisa siempre abre puertas y, en este caso, casi es algo literal. Abrir puertas y sonreír. Me siento un poco como San Pedro, pero supongo que él no tiene que lidiar con el problema de que las almas le dejen marcadas las huellas de sus manos en las cristaleras de las puertas.

Cuando no soy San Pedro puedo jugar a ser dios, aunque en minúsculas. La luz se hace cuando yo lo ordeno, puedo regar campos y abrir el cuarto de contadores, que vale que no suena tan bonito pero que también tiene su aquel.

No soy todopoderoso ni omnisciente pero un poco omnipresente… sí. Soy capaz de recorrer grandes distancias para saber qué está ocurriendo en diferentes lugares a golpe de córnea. Unos ángeles de seguridad enviados con cámaras hicieron posible dicho milagro. También es verdad que existen los agentes del diablo: interferencias y telarañas que dificultan mi poder pero, mal que bien, aún les puedo.

Pues con todo lo anterior he concluido que poseo uno de esos trabajos en los que lo mejor que puede pasar… es que nada pase. En mi paraíso particular, para que el bien no gane al mal, lo mejor es que no exista batalla alguna. Es algo injusto porque el bando del bien pierde en todas las guerras, aunque las gane. El mal, por su lado, gana hasta cuando pierde. ¿Lo mejor entonces? La nada.

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Preguntas luna

En ocasiones nos formulamos preguntas desde el error de creer que tienen respuesta. Hay cuestiones que creamos sólo para poder pensarlas, no para resolverlas. Yo las llamo “preguntas luna”: están ahí, las vemos, y si el cielo está despejado, nos maravillan un rato… pero nunca las ensuciaremos con nuestras certezas.

¿Qué es tener éxito? Dependerá del receptor pues cada combatiente determina sus victorias. Tener mucho poder puede ser el gran logro de alguien que mira con desprecio a otro que está consiguiendo su gran meta: otro pico más de heroína para pasar el día. Probablemente sea un ejemplo extremista y tendencioso pero es porque nos han educado en esa moral. Lo han conseguido. Supongo que esa fue la victoria de nuestros educadores.

Si hay pocas respuestas universales, sólo nos queda hablar sobre nuestros universos y disfrutar comparándolos. Hoy me gustaría dejar aquí un pedacito del mío.

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¡Recuerdos al tren!

A sus 30 navidades ya había aprendido a distinguir a los magos de los estafadores pero aún así, a veces, le gustaba dejarse engañar porque lo consideraba una forma de arte. No se creía todo lo que le rodeaba pero sí lo valoraba con justicia, como el que firma el pacto ficcional de la película que le comienzan a proyectar.
Y después estaba la verdad.

Cada quien tenía algo y algunos lo tenían casi de todo.
O les faltaba casi de nada.

De cada viaje se llenaba la maleta de pasajeros en una forma simulada de secuestro no siempre aceptada por todos. Muchas veces, ni por él mismo. El equipaje iba ganando peso para, al final del trayecto, desanclar los cierres y comprobar las imágenes que quedaban impregnadas entre las sudaderas con gorrito y las miguitas de pan del bocadillo que compró en el apeadero.

Este viaje no había terminado pero había decidido hacer recuento en el camino. Aprovechando el silencio de la noche, se escabulló por el pasillo arrastrando la maleta. Llegó al bar y lo soltó todo sobre la mesa. Se acomodó y comenzó a hacer inventario.

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La teoría de las piernas colgando

Hace unos días publiqué en mi perfil de Facebook una pregunta: “¿Quién me contó la Teoría de las piernas colgando?”

Recordaba la teoría. Incluso recordaba haber escrito sobre ella, sin embargo, no conseguía cerrar el círculo. Era como esa sensación de ver a un actor en una serie de poca monta cuando de repente tu mundo cambia, todo deja de importar… Y todo se ciñe a una pregunta: ¿dónde cojones he visto yo antes a este tío?.
Pues algo así.

Lo interesante del asunto es que hubo algunas personitas que, aún sabiendo que no fueron ellas, sí que se vieron interesadas por el título de aquella teoría. Les prometí que lo explicaría en cuanto recordase todo y para eso estamos aquí.

He buceado en mis escritos anteriores y lo he encontrado. Hoy, varios años después, lo vuelvo a publicar tal y cómo lo escribí.
Casi sin adulterar.

Sal a la calle y túmbate en el suelo sobre tu espalda. En decúbito supino que le llaman. Si tienes posibilidad mejor en la playa, en una bonita pradera o en algún otro sitio del ramo bucólico. Si no, casi mejor que sea un ejercicio mental; sobre todo para evitar el escarnio de tus vecinos al verte tumbado en el suelo del parking mirando al cielo en una posición más bien propia de un día de resaca posterior a una fiesta en la que lo pasaste demasiado bien.

Ahora toca moverse… pero solo un poco. Eleva tus piernas y brazos al cielo todo lo vertical que seas capaz. Si eres una persona flexible, parecerás una mesa con patas desiguales puesta del revés; si no lo eres, una especie de tumbona a medio abrir. En ambos casos parecerás gilipollas. Pero seguimos.

Si nos quedásemos en el plano de lo terrenal, ahora mismo eres una figura carente de elegancia tumbada como una cucaracha tras un buen rociado de veneno. Pensemos pues universalmente. Si imaginamos la tierra como la (casi) esfera que es y la situamos dentro del universo, ¿dónde estaríamos?

Pues con las piernas colgando.

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Hoy no

Hoy no tengo que escribir un libro.

Hoy tengo que ordenar sus primeras palabras. El primer capítulo quizá. La primera piedra hecha letra.

Hoy no tengo que perder 25 kilos.

Hoy tengo pensar que secarme una nueva gota de sudor. Y que ese escalón me anime más que ese ascensor.  Y que la fruta también es comida.

Hoy no tengo que decidir mi futuro.

Hoy tengo sólo que aprender dónde está el horizonte. Los cuatro de mis puntos cardinales. Y asumir que quizá, cuando alcance uno de ellos, tenga que retroceder porque no encontré lo que quería, aun sin saber lo que era.

Hoy no tengo que borrar la huella de mi culo de este sofá.

Hoy tengo que incorporarme. Evitar el inmovilismo de este bodegón cárnico en el que corro riesgo de convertirme. Ahuecar el cojín de la desidia.

Hoy no tengo que subir mi nuevo programa de radio.

Hoy tengo que soñarlo. Bastará con dibujarlo en mi mente preguntándome qué me gustaría escuchar si yo fuese el oyente y concederme el gusto de situarme a los dos lados de la antena.

Hoy no tengo que saber dibujar; o tocar la guitarra; o hacer malabares.

Hoy tengo que coger el lápiz.
Hoy tengo que afinar las cuerdas.
Hoy tengo que comprarme unas mazas.

En resumen…

Hoy, que no tengo que terminar nada, tengo que conseguir que todo comience.

Cinco motivos por los que odio los clickbait… No te creerás el quinto.

En una tertulia radiofónica escuché hace poco que, hoy en día, una persona recibe tantos impactos de información en una hora como alguien en la Edad Media lo haría a largo de toda su vida. Puede que sea mentira pero el simple hecho de que hayáis leído este dato en un blog… lo viste de realidad.

La información que antes se publicaba “negro sobre blanco” se ha disfrazado con todos los colores y formas que podamos imaginar. El periódico ha quedado atrás. Y, con él, su manera de ser rentable.

Cuando el formato de la prensa escrita era el papel, el éxito comercial se medía en ventas y suscripciones. Nunca ha importado si la información era real; ni antes ni ahora. Lo importante era si esa información generaba ventas; lo importante es si esa información genera clics.

Todos y todas lo hemos sufrido. Y yo, pues mira, soy joven y me he criado con esta mierda… pero mi madre no. Y no hay derecho a que venga la mujer cada poco con un nuevo bulo que yo deba examinar y esclarecer.

Hace unos días, por ejemplo, me trajo un video de Facebook que había publicado un diario muy conocido en nuestro país. Lo reprodujo en su móvil y no creerás lo que pasó a continuación.

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El Desanalizador #2 – Vivo por Ella

Yo Vivo por ella. Y vosotros… casi seguro que también.

Vuelvo con la segunda entrega de El Desanalizador, ese proyecto que estrené hace unas dos semanas y que intentaré mantener vivo mientras nos quede la risa.

El Desanalizador, un podcast fácil de escuchar pero cada vez menos sencillo de realizar, en el que desnudamos el alma de las canciones de las que creías que lo sabías ya todo. Canciones que has tarareado manchando tu lengua con su significado sin siquiera saberlo…
¿O es que estás muy acostumbrado a tener un pene en la boca?

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Semana Santa… Y lo que no creo que creo

Semana Santa y yo en la calle. Más aún. Viernes Santo en la Semana Santa y yo en la calle… y acompañando una procesión.

Superado el primer impacto. Sigamos.

No sé muy bien por qué lo hago cuando me acerco muchísimo más a un mal ateo que a un buen creyente. Pero, como ya dije, tengo miedo. Y para los miedosos la religión ha inventado un término que juega con la ambigüedad: el agnosticismo. Es como la cobardía pero suena mejor.

Un agnóstico es alguien que no quiere mojarse. Que ni sí ni que no. Que ni tú, ni que yo. Que yo creo que no creo pero me gustaría creer.
Quizá sea esa la mejor forma de expresarlo.

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El Desanalizador #1 – El Jardín Prohibido

No hay mejor día para volver que el Domingo de Resurrección. Después del calvario que me ha supuesto vaguear por el desierto durante tantos meses… Vuelvo a lanzarme con un proyecto tan propio que lo hago solito. ¡Mira Mamá, ya sé podcastear sin manos!

El Tabanco Podcast, ese proyecto guadianesco, sigue durmiendo el sueño de los justos pero, en lo que tratamos de aplicarle una suerte Proyecto Lázaro, he querido volver a las ondas virtuales porque… siempre intento intentarlo.

El Desanalizador es la nueva pamplina y, al menos, me he reído grabándola.

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