Félix Vida Web

Otro proyecto que dejaré a medias

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La teoría de las piernas colgando

Hace unos días publiqué en mi perfil de Facebook una pregunta: “¿Quién me contó la Teoría de las piernas colgando?”

Recordaba la teoría. Incluso recordaba haber escrito sobre ella, sin embargo, no conseguía cerrar el círculo. Era como esa sensación de ver a un actor en una serie de poca monta cuando de repente tu mundo cambia, todo deja de importar… Y todo se ciñe a una pregunta: ¿dónde cojones he visto yo antes a este tío?.
Pues algo así.

Lo interesante del asunto es que hubo algunas personitas que, aún sabiendo que no fueron ellas, sí que se vieron interesadas por el título de aquella teoría. Les prometí que lo explicaría en cuanto recordase todo y para eso estamos aquí.

He buceado en mis escritos anteriores y lo he encontrado. Hoy, varios años después, lo vuelvo a publicar tal y cómo lo escribí.
Casi sin adulterar.

Sal a la calle y túmbate en el suelo sobre tu espalda. En decúbito supino que le llaman. Si tienes posibilidad mejor en la playa, en una bonita pradera o en algún otro sitio del ramo bucólico. Si no, casi mejor que sea un ejercicio mental; sobre todo para evitar el escarnio de tus vecinos al verte tumbado en el suelo del parking mirando al cielo en una posición más bien propia de un día de resaca posterior a una fiesta en la que lo pasaste demasiado bien.

Ahora toca moverse… pero solo un poco. Eleva tus piernas y brazos al cielo todo lo vertical que seas capaz. Si eres una persona flexible, parecerás una mesa con patas desiguales puesta del revés; si no lo eres, una especie de tumbona a medio abrir. En ambos casos parecerás gilipollas. Pero seguimos.

Si nos quedásemos en el plano de lo terrenal, ahora mismo eres una figura carente de elegancia tumbada como una cucaracha tras un buen rociado de veneno. Pensemos pues universalmente. Si imaginamos la tierra como la (casi) esfera que es y la situamos dentro del universo, ¿dónde estaríamos?

Pues con las piernas colgando.

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Hoy no

Hoy no tengo que escribir un libro.

Hoy tengo que ordenar sus primeras palabras. El primer capítulo quizá. La primera piedra hecha letra.

Hoy no tengo que perder 25 kilos.

Hoy tengo pensar que secarme una nueva gota de sudor. Y que ese escalón me anime más que ese ascensor.  Y que la fruta también es comida.

Hoy no tengo que decidir mi futuro.

Hoy tengo sólo que aprender dónde está el horizonte. Los cuatro de mis puntos cardinales. Y asumir que quizá, cuando alcance uno de ellos, tenga que retroceder porque no encontré lo que quería, aun sin saber lo que era.

Hoy no tengo que borrar la huella de mi culo de este sofá.

Hoy tengo que incorporarme. Evitar el inmovilismo de este bodegón cárnico en el que corro riesgo de convertirme. Ahuecar el cojín de la desidia.

Hoy no tengo que subir mi nuevo programa de radio.

Hoy tengo que soñarlo. Bastará con dibujarlo en mi mente preguntándome qué me gustaría escuchar si yo fuese el oyente y concederme el gusto de situarme a los dos lados de la antena.

Hoy no tengo que saber dibujar; o tocar la guitarra; o hacer malabares.

Hoy tengo que coger el lápiz.
Hoy tengo que afinar las cuerdas.
Hoy tengo que comprarme unas mazas.

En resumen…

Hoy, que no tengo que terminar nada, tengo que conseguir que todo comience.

Cinco motivos por los que odio los clickbait… No te creerás el quinto.

En una tertulia radiofónica escuché hace poco que, hoy en día, una persona recibe tantos impactos de información en una hora como alguien en la Edad Media lo haría a largo de toda su vida. Puede que sea mentira pero el simple hecho de que hayáis leído este dato en un blog… lo viste de realidad.

La información que antes se publicaba “negro sobre blanco” se ha disfrazado con todos los colores y formas que podamos imaginar. El periódico ha quedado atrás. Y, con él, su manera de ser rentable.

Cuando el formato de la prensa escrita era el papel, el éxito comercial se medía en ventas y suscripciones. Nunca ha importado si la información era real; ni antes ni ahora. Lo importante era si esa información generaba ventas; lo importante es si esa información genera clics.

Todos y todas lo hemos sufrido. Y yo, pues mira, soy joven y me he criado con esta mierda… pero mi madre no. Y no hay derecho a que venga la mujer cada poco con un nuevo bulo que yo deba examinar y esclarecer.

Hace unos días, por ejemplo, me trajo un video de Facebook que había publicado un diario muy conocido en nuestro país. Lo reprodujo en su móvil y no creerás lo que pasó a continuación.

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El Desanalizador #2 – Vivo por Ella

Yo Vivo por ella. Y vosotros… casi seguro que también.

Vuelvo con la segunda entrega de El Desanalizador, ese proyecto que estrené hace unas dos semanas y que intentaré mantener vivo mientras nos quede la risa.

El Desanalizador, un podcast fácil de escuchar pero cada vez menos sencillo de realizar, en el que desnudamos el alma de las canciones de las que creías que lo sabías ya todo. Canciones que has tarareado manchando tu lengua con su significado sin siquiera saberlo…
¿O es que estás muy acostumbrado a tener un pene en la boca?

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Entretanto, tantos tantos

Tú tan desnuda, yo tan cachondo.
Tú tan lista, yo tan tonto.
Tú tan loba, yo tan presa.
Tú tan zorra, yo tan fiera.

Tú tan cuerda, yo tan loco.
Tú tan mucho, yo tan poco.
Tú tan luces, yo transfoco.
Tú tan bien, yo tampoco.

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Semana Santa… Y lo que no creo que creo

Semana Santa y yo en la calle. Más aún. Viernes Santo en la Semana Santa y yo en la calle… y acompañando una procesión.

Superado el primer impacto. Sigamos.

No sé muy bien por qué lo hago cuando me acerco muchísimo más a un mal ateo que a un buen creyente. Pero, como ya dije, tengo miedo. Y para los miedosos la religión ha inventado un término que juega con la ambigüedad: el agnosticismo. Es como la cobardía pero suena mejor.

Un agnóstico es alguien que no quiere mojarse. Que ni sí ni que no. Que ni tú, ni que yo. Que yo creo que no creo pero me gustaría creer.
Quizá sea esa la mejor forma de expresarlo.

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El Desanalizador #1 – El Jardín Prohibido

No hay mejor día para volver que el Domingo de Resurrección. Después del calvario que me ha supuesto vaguear por el desierto durante tantos meses… Vuelvo a lanzarme con un proyecto tan propio que lo hago solito. ¡Mira Mamá, ya sé podcastear sin manos!

El Tabanco Podcast, ese proyecto guadianesco, sigue durmiendo el sueño de los justos pero, en lo que tratamos de aplicarle una suerte Proyecto Lázaro, he querido volver a las ondas virtuales porque… siempre intento intentarlo.

El Desanalizador es la nueva pamplina y, al menos, me he reído grabándola.

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Dime que estás perdido

Estoy perdido y espero que tú también lo estés aunque simplemente sea porque mal de muchos es consuelo de tontos. Y por envidia.
Por evitármela al mirarte.

Cuanto más subo la montaña, más miedo me da mirar hacia atrás y comprobar las marcas que fui realizando en la piedra durante la escalada. Y que cada marca me recuerde lo que me prometí para cuando llegase a la siguiente.
Y que nada haya cambiado del todo.

¿Sabéis qué queréis hacer con vuestra vida?
¿Tenéis sueños todavía?

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Sin el debido respeto, cerebro

Un malhechor entra en tu casa a robar. Tras descubrirte sentado frente al televisor viendo Telecinco te emboca con su revólver y te anuncia que la próxima bala lleva tu nombre. Tensiona el dedo sobre el gatillo pero, antes de disparar, te pregunta: “¿Dónde prefieres que apunte: a la tibia o al cerebro?”.
Puedo suponer tu reacción.

En primer lugar, te sorprendería que un maleante de tal calibre te sondee sobre la zona en la que herirte. ¡Brindemos por los ladrones de buen corazón! O a lo mejor no iba a dispararte pero claro, es que estabas viendo Telecinco… Y se ha encendido el muchacho.

En segundo lugar, no dudarías un instante a responder: “La tibia”. Estoy seguro de que no te plantearías ni por un segundo la opción de elegir el cerebro como destino para esa bala. ¿Me equivoco?
Seguro de que no.

Siguiendo esta premisa, todos convendremos en la importancia del cerebro sobre los huesos y, si me apuras, casi sobre cualquier órgano del cuerpo. El cerebro es la piedra roseta del cuerpo humano. El organizador de juego. El Xavi Hernández.

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Quién tuviera 15 años…

Quién tuviera 15 años y estos sueños. Los mismos que ahora, pasada la barrera de los 30, me sorprenden mirando al infinito.

Quién volviera a susurrarle a mi oído que el miedo es cobarde, que se esconde si le enfrentas. Pero que siempre volverá. Que será una lucha interminable que nunca debes perder pero sabiendo que jamás terminarás de ganar.

Quién le chivase al infante que fui que besar no era tan importante si los labios no eran los correctos. Que el boquerón era sólo un pez que se perdería contracorriente en el mar de saliva adecuada. Y que no llegaría a naufragar.

Quién tuviera la capacidad de explicarme que el tiempo se agota. Y las personas. Que una mañana cualquiera perdería una de mis sonrisas favoritas. Y que lo que más me asustaría sería olvidarla. El hecho de dejar de visitarla en el pozo de mis recuerdos que se sigue llenando de nuevas historias.
Llorando sobre mojado.

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