Relatos breves encadenados. Cada uno empieza donde termina el anterior y así, entre todos, se teje una historia inconexa que va de la risa al llanto, con un rodeo por lo macabro y lo pueril. Magia.

Si alguno de vosotros es curioso de la radio, y ojalá que así sea, seguro que ya conoce el famoso concurso Relatos en cadena que cada lunes se lleva a cabo en el programa La ventana de Carles Francino. El desarrollo es bien sencillo: con la frase final del relato ganador la semana anterior los oyentes deben comenzar su propio relato para la semana siguiente. Es la única premisa. Esa, y no superar las 100 palabras por historia.

Si no lo habéis oído nunca, ya vais tarde. Resulta curiosísimo comprobar cómo, desde un mismo punto de partida, se puede llegar a tantas metas, y tan diferentes. La manera en que una misma chispa desencadena explosiones tan dispares. 

Debo confesar que alguna vez yo mismo he jugado a sentirme escritor con ellos. Nunca he llegado a ganar más que la satisfacción de ver mi pequeño universo creado en unas pocas líneas. Eso, y el talento de los ganadores que cada semana me demuestran que esto de las letras obliga al matrimonio entre el oficio y las musas.

El caso es que seguiré intentándolo la temporada que viene. Ojalá alguien se anime a competir conmigo y mostrar aquí o dónde sea esa brizna de talento que creo todos tenemos. Mientras tanto, os dejo un par de piezas con las que participé en su momento. Muy diferentes. Muy breves.

Y muy mías.

“Aquel día de verano de 1945 terminó la guerra”, me apuntó el abuelo mientras me preparaba el parcial de historia. Y le creí. Y lo seguí haciendo hasta ayer cuando el desierto de Smara me recibió con aquel clic metálico.

Pero no pude evitar pensar, al ver mi pierna suspendida sobre mi cabeza, que hasta los mejores abuelos mienten.


– En esa casa no vive Mizuki Tanaka, ni Taizo Wakita, ni ningún otro jodido amarillo -me gritó quien parecía un viejo marine que conoció mejores tiempos.

– No pretendía importunarle -me oí decir temblando de voz y cuerpo.

– Pues márchese. Esos malditos extranjeros sólo han traído a este país desgracias y nuevas enfermedades.

– Entonces, ¿no sabe dónde puedo encontrar al señor Tanaka? -inquirí deseando no hacerlo-. Le traigo el testamento de su madre.

Se incorporó de la silla y me agarró del cuello.

– No. No sé dónde se lo llevó. No sé por qué me abandonaron. Ni por qué les echo de menos.