Normalmente los que me leéis, habréis notado cierta querencia a un estilo de escritura que se embarroca al comienzo para luego cerrar con una conclusión sencilla o directa. O ambas cosas. O ninguna. Lo podéis comprobar en mi última actualización.
Ese es mi estilo. Esa es mi forma de escribir… Y como es algo mío y he decidido denunciar a todo aquella persona, física o jurídica, que se atreva a emularlo.

Y hete aquí una burda pero clara explicación de la utilización que hoy en día se viene haciendo de la llamada “apropiación cultural”. Sí. La cito entrecomillada para que se sepa que no me estoy apropiando del concepto de apropiación. Eso no sería apropiado.

Se trata de una de esas cosas que han cambiado con el tiempo, fruto de la ultracorrección política de nuestros días. Ojo, que hay transformaciones que me parecen maravillosas como la, cada vez mayor pero aún insuficiente, reivindicación del rol de la mujer dentro de nuestras sociedades. No me posiciono contra cualquier cambio; lo hago contra los cambios que considero absurdos y exagerados.

Ni siquiera necesitaría poner ejemplos de lo que hablo porque ya abundan en cualquier diario pero lo haré porque me ayudarán a expresar mejor mi idea… y porque me vienen bien para el SEO.

Disney produjo Vaiana (o Moana), una película que me pareció preciosa ambientada en una tradición oral de Polinesia. Disney lo hizo. Disney rindió un tributo bonito a una bonita cultura. Pues bien: Disney tuvo que retirar un disfraz del personaje de Maui por acusaciones racistas y fue muy criticada por “robar la cultura de Polinesia”. ¡Nos estamos volviendo locos! ¿Cómo se cuenta una historia ambientada en una leyenda determinada sin reflejarla físicamente tal y como la leyenda lo narra?

¿Qué Disney obtiene beneficios? Por supuesto. Muchos. De esto y de todo lo que toca.
¿Qué se critique el modelo capitalista y liberal? Lo puedo llegar a entender pero entonces estamos mezclando las churras con las merinas.

Lo siguiente será que se quejen los leones por apropiación cultural felina en El rey león… O bien Juan Carlos I por apropiación de su corona emérita.

Otra noticia. Antoine Griezmann fue tachado de racista porque se disfrazó de jugador de los Harlem Globetrotters para una fiesta de disfraces y para ello, se pintó de color negro. Ya ves tú. Se disfrazó de jugador de la NBA y se pintó de negro. Racista el muchacho.

¿Qué reproduce un estereotipo trillado? Pues también, pero la verdad es que jugadores blancos en los Globetrotters… como que muy poquitos a lo largo de su historia.
¿Qué se podría no haber pintado, quedándose con su tono de piel natural para parecer, yo que sé, el típico jugador blanco (y mayoritariamente de origen europeo) que se las enchufa de tres? Pues sí, pero entonces probablemente se quejarían los triplistas blancos por apropiación cultural de fundamentos baloncestísticos. Ya lo gritaba el genio desaparecido Andrés Montes (quien, por cierto, era negro): “RAZA BLANCA. TIRADOR”.

Realmente creo que en este asunto de la apropiación cultural, más aún cuando comúnmente deriva en acusaciones raciales, deben tomarse en consideración otros aspectos.

El primero, el factor intencional del agravio. Dudo mucho que cuando Griezmann se pintó de negro tuviera intención de faltar el respecto a nadie. Yo también me he cubierto de betún negro y no quise ofender a nadie, igual que no se me ocurrió operar a nadie el día que me disfracé de cirujano. 

Hay demasiadas personas dispuestas a ofenderse en esta mesa repleta de aristas en la que debemos comer todos. Siempre habrá alguien que nos malinterprete, que se ofenda y… créeme, perderás esa batalla. Quien se quiera ofender, lo hará. Buscará los motivos que necesite para ello y si no llega a encontrarlos, se ofenderá por no haberse ofendido.

El segundo prisma que debe contemplarse en este asunto es el de la creación artística. Lo repito: de algo hay que hablar.

No creo en los límites del humor; quien me conoce lo sabe. Si dentro de un espectáculo encuentro un momento, un chiste o incluso un gesto que pueda resultar ofensivo, nunca entenderé que representa a esa persona sino que forma parte de la obra ficcional que está representando. En multitud de ocasiones veces, una broma políticamente incorrecta y el efecto que provoca, es un perfecto agente de denuncia sobre el motivo mismo del chiste. Esa es la manera en que debe entenderse el humor. O, al menos, la forma en que yo entiendo que se entienda. ¿Me entendéis?

Por último, detesto lo que yo llamo “el derecho de uso y creación por pertenencia”. Esto es, probablemente, lo que más me molesta de todo el asunto. Irónicamente, si eres negro, tu humor no tiene por qué ser blanco, y si eres gay no tienes por qué hacerlo por detrás. El humor, claro.

El camino sobre el que estamos virando nos lleva al peligroso abismo de poder hablar, usar y crear exclusivamente sobre aquello que somos o que nos consideran. Al paso que vamos yo, por ejemplo, sólo podré hablar de hombres blancos gordos y cabezones, depresivamente cómicos y sin un rumbo claro en la vida. Desde luego, da para una sitcom pero prefiero pensar que puedo hablar de más cosas además de sobre aquello que aparentemente me define.

Espero equivocarme porque me aterra imaginarme viviendo en un mundo en el que sólo los gitanos puedan hablar de gitanos, los chinos de bazares y en el que los futbolistas sigan sin saber hablar … porque hay cosas que no cambian.

Si ese día llega, de lo único que finalmente podremos hablar todos sin excepción será de gilipolleces… porque nos habremos vuelto todos gilipollas.

Eso sí, gilipollas culturalmente propios.