Día 289. Otro más aquí arriba. O aquí abajo. Es irónica la manera en la que viajar por el espacio relativiza la concepción espacial. Cuando no tienes con qué comparar, todo puede estar del derecho o del revés. O viceversa. O todo a la vez.

Me he despertado temprano, coincidiendo con el amanecer de mi tierra en la Tierra. Me gusta mantener esa costumbre siempre que puedo. Me hace sentir un poco más cerca de casa. Aquí arriba (o aquí abajo), la alarma del despertador ha sustituido al dolor de espalda que me despertaba cada mañana. El dolor desapareció a las pocas semanas de despegar y ahora incluso soy un poco más alto. A mi compañero Jerry le gusta decir que aquí crecemos porque los problemas no tienen tanta gravedad. Le encanta hacer chistes malos sobre el asunto gravitatorio. Yo le digo que está loco y él me contesta que sí, pero que no es nada grave.

Tenía tanto sueño que cuando he ido a lavarme los dientes, casi me trago el dentífrico creyendo que era la pasta esa que comemos cuando nos ponemos en cero (así es como llamamos aquí a suspender la gravedad). Sé que puede sonar genial pero vivir sin gravedad es una mierda porque hasta estornudar se convierte en un problema. Todo flota. Todo se suspende. Ni siquiera podemos tener una puta planta de verdad porque no la podemos regar. Yo me traje una de plástico y de vez en cuando, simulo que la riego para no perder la costumbre. Aquí arriba (o aquí abajo), es fácil dejar de sentirme humano a poco que te despistes.

Nuestra raza no está hecha para vivir en estas condiciones. Los gases, por ejemplo. Hace un par de viernes se me escapó un pedo mientras realizaba tareas de mantenimiento en exterior de la nave. El aire se quedó atrapado dentro del traje y por poco si no me desmayo cuando llegó a la escafandra… ¡No se puede huir de uno mismo!

Después de comer, hemos estado jugando a las cartas. Jerry, Billy y yo. Sí, sé que parece algo muy de película; mucho más cuando tus compañeros se llaman Jerry y Billy. Así es como se mata el tiempo cuando ya está muerto. Realizar una misión espacial no dista mucho de estar en la cárcel, sólo que en una recubierta de un extraño glamur científico. También se parece a morirse. Ya ves: abandonas la tierra pero el mundo sigue girando sin ti. Literalmente.
Doy fe.

Cada día me esfuerzo por sorprenderme. Me asusta que mis ojos se hayan habituado a contemplar lo que muy pocos verán jamás. El ser humano se acostumbra a todo, lo bueno y lo malo. El problema es que, en ocasiones, nos acostumbramos demasiado a lo bueno… y eso es malo. Convertimos lo excepcional en rutina. Sólo así se explica que existan tantos divorcios: degradando el amor a un mero convencionalismo.

Si me asomo por la ventana veo la Luna y el Sol. Grandes y a la vez. Dentro de una nave en el espacio, cualquier ojo de buey puede ser el mirador de un eclipse.

La Luna tiene algo especial. Cuando me ofrecieron participar en esta misión, acepté por ella. Perdonad el vulgarismo pero la Luna era como esa mujer que va caminando por la acera delante de ti con una espalda preciosa y un culo bien puesto. Esa que te obliga a aligerar el paso para averiguar qué cara tendrá.

Yo necesitaba ver la cara de la luna para confirmar lo que su espalda me insinuaba. Ahora ya la he visto. Ahora vivo enamorado. Pero no os preocupéis que se me pasará. Ya os lo he dicho: soy humano.
Degradaré el amor a la mínima que pueda hacerlo.

A la hora en que escribo esto sería de noche si aquí arriba (o aquí abajo), anocheciese alguna vez. Echo de menos tener un perro. En la tierra dejé a Layka y me horroriza la idea de que no se acuerde de mí cuando regrese. Igual que el resto del mundo.

Creo que es suficiente por hoy. Ahora, como siempre antes de dormir, voy a guardar esta nota con las 288 anteriores. Mi diario de a bordo. Mi vida escrita en tinta gracias a que los bolígrafos también tuvieron su carrera espacial.

Hoy ha sido un buen día.

Hoy casi no he pensado en ella.

Hoy sigo cumpliendo mi promesa, aquella que le hice cuando me gritó que necesitaba espacio.
Mírenme… aquí sigo.

Conquistándolo para ella.