Estoy perdido y espero que tú también lo estés aunque simplemente sea porque mal de muchos es consuelo de tontos. Y por envidia.
Por evitármela al mirarte.

Cuanto más subo la montaña, más miedo me da mirar hacia atrás y comprobar las marcas que fui realizando en la piedra durante la escalada. Y que cada marca me recuerde lo que me prometí para cuando llegase a la siguiente.
Y que nada haya cambiado del todo.

¿Sabéis qué queréis hacer con vuestra vida?
¿Tenéis sueños todavía?

Yo ya estoy en los 30, me ha caducado el carné joven y aun no sé lo que quiero hacer. Lo juro que no. Procastino hasta la procastinación.

Miro al futuro y mi Félix está borroso. Las fronteras son difusas y para colmo me han designado borrasca de fin de semana.

Calmo mis ansias escribiendo una mala carilla en mi blog y me digo que por hoy está bien; que ya puedo encender la consola. Me lo he ganado. Mientras tanto, el día me va ganando minutos y mañana me volveré a despertar prometiéndome que ya no me quedan muchas jornadas atendiendo quejas al teléfono. Hoy voy a cambiar. Hoy voy a esforzarme.

Luego vuelvo a casa cansado y conforme de haberme ganado el sueldo un día más. Y me miro en el espejo. Y otra arruga que me asoma.
Y otra marca en la piedra que se ha borrado.

Madrid me espera hace dos años pero, para ser una ciudad tan grande, siempre se esconde tras una mejor o peor excusa. Cuando no es una enfermedad es la alegría de ver crecer al mejor regalo que te puede hacer una hermana.
Y otra marca en la piedra.
Y otra arruga que me asoma.

Voy corriendo por El Templo Chachapoya perseguido por una enorme roca rodante que no golpea sino que atrapa. Una burbuja que me protege de los miedos que repele pero que me aturde con los que contiene. Centrífuga y centrípeta.
Y tengo ganas de vomitar.

Quizás quiera ser de nuevo cómico si no me diese vértigo subirme a un escenario.
Quizás escritor si fueran mayores mis ganas que mi pereza.
O quizás conformarme con lo que soy… si no me diese miedo arrepentirme después.

Me falta valor para reconocer qué estoy dispuesto a perder para ganar.

Las preguntas nos dan miedo en tanto las respuestas que provocan. Por eso cuando mi hermana me mira, tan seria y comprensiva como sólo ella sabe hacer, y me pregunta: “¿Pero tú qué quieres hacer en la vida? ¿Pero por qué no lo estás haciendo? ¿Por qué no dedicas tu tiempo a eso?”
Soy incapaz de responderle.

Porque no quiero conformarme ni dejar de hacerlo. Porque no paro de ahogarme pero tampoco remo en dirección contraria. Porque nado y envidio la ropa guardada. Porque la zona de confort da tanto gusto como miedo.

Y porque estoy perdido.
Y espero que tú también lo estés aunque sea simplemente porque mal de muchos es consuelo de tontos.
Y por envidia.

Por evitármela al mirarte.