En una tertulia radiofónica escuché hace poco que, hoy en día, una persona recibe tantos impactos de información en una hora como alguien en la Edad Media lo haría a largo de toda su vida. Puede que sea mentira pero el simple hecho de que hayáis leído este dato en un blog… lo viste de realidad.

La información que antes se publicaba “negro sobre blanco” se ha disfrazado con todos los colores y formas que podamos imaginar. El periódico ha quedado atrás. Y, con él, su manera de ser rentable.

Cuando el formato de la prensa escrita era el papel, el éxito comercial se medía en ventas y suscripciones. Nunca ha importado si la información era real; ni antes ni ahora. Lo importante era si esa información generaba ventas; lo importante es si esa información genera clics.

Todos y todas lo hemos sufrido. Y yo, pues mira, soy joven y me he criado con esta mierda… pero mi madre no. Y no hay derecho a que venga la mujer cada poco con un nuevo bulo que yo deba examinar y esclarecer.

Hace unos días, por ejemplo, me trajo un video de Facebook que había publicado un diario muy conocido en nuestro país. Lo reprodujo en su móvil y no creerás lo que pasó a continuación.

Y así nace el clickbait, que Wikipedia define como “ciberanzuelo” y a lo que yo añado “de mierda”. Sí. “Ciberanzuelo de mierda”.

Los clickbait son trozos de mierda que se balancean ante tus ojos en Internet para que tú, pescadito incauto que navegas por este mar, piques en el cebo y acabes en un lodazal del que nada bueno vas a sacar.

La nueva prensa sólo quiere que llegues a su charca, sumes una visita más y dejarte libre. Es la pesca deportiva del nuevo tiempo: te atraigo de cualquier manera y una vez estás dentro… no tengo nada para ti y te dejo ir.
Y todo vale.

Dentro de esta guerra existen maniobras más sutiles y otras más sucias. Es por ello que me he propuesto denunciar lo que más odio en esta nueva estrategia de medios llamada clickbait.

Estas son algunas de las técnicas más burdas y cuestionables utilizadas para conseguir lectores, que he ordenador en una suerte de ranking del desprecio.
A saber:

1. El uso de rankings para todo.

Vale. Yo sí puedo porque soy cascarón de huevo pero no todo debería estar sujeto a un ranking. Hoy mismo, en la web de El Mundo, puedes leer:

El pobre lector infiel incauto llega a este titular y cree que encontrará el equivalente a un justificante médico para haberse follado a otra.

Ya me imagino la conversación:

– ¿Cómo pudiste tirarte a mi mejor amiga, cabrón?
– Pues cariño, me alegra que saques esa pregunta porque tengo ocho muy buenas razones para caer en la tentación de la infidelidad…

2. Más publicidad que contenido

 Y hablo literalmente.

Al entrar en cualquier noticia, no es raro encontrarla “acosada” por alguna promoción nada sutil. Esto tiene su toque divertido pues, a veces, podemos jugar a relacionar la noticia y el anuncio.

En el caso de la captura adjunta de El País: ¿Insinúan algo sobre Neymar?

Además, es muy común que la información en los medios digitales se nos ofrezca en pequeñas piezas audiovisuales porque… ¿para qué leer si puedes ver un video?

Estos clips, en ocasiones de apenas 10 segundos, suelen emitirse acompañados de un anuncio (o dos) al inicio de la reproducción… y otros tantos al final. Es decir: más pan que chorizo.

Es algo muy extendido en la prensa deportiva. Un titular del tipo: “El nuevo (introducir deportista al gusto) ya demuestra su magia… Necesitarás volver a verlo.” y a continuación, el video de alguna “vacilada” precedido de un anuncio eterno. Al terminar otro anuncio. Y si lo deseas reproducir de nuevo porque han sido 10 segundos de mierda, ¿adivinas?

Exacto.

3. La publicidad encubiertamente descarada

Encontrado en El País.

Si me vas a poner un anuncio… ponme un anuncio y ya veré qué hago con él pero no me lo disfraces de reportaje irrefutable.

Este ejemplo en concreto me recuerda a La última tentación de Krusty, aquel capítulo de Los Simpsons en el que pagan al otrora payaso, que se ha vuelto anticomercial, para anunciar El Canyonero en su espectáculo.

Ah, para colmo, el desarrollo de la noticia es… un ranking. Suma y sigue.

4. El morbo

Esto lo encontré en Marca como enlace a su página hermana Tiramillas, la llamada “web de ocio de Marca”. De hecho, estas líneas fueron la gota en el vaso que se derramó para escribir este post ya que me parecía increíble leer algo tan sucio en una de las páginas en español con más lectores en todo el mundo. Y de todas las edades.

Publicar algo de esta índole presenta dos problemas. Si la información es real, estás vendiendo imágenes de muertos para ganar visitas; si por el contrario esas personas siguen vivas, estás mintiendo a tus lectores con el mismo objetivo.

En definitiva, estás lanzando una moneda al aire en la que hasta la cara lleva una cruz.

5. Las nuevas expresiones periodísticas

O cómo atraer a lo que antes llamábamos juventud… y ahora millennials.

Parece que existe la obligación de utilizar nuevas expresiones para actualizar el mundo del periodismo, no vaya a ser que se nos quede anquilosado en sus antiguas estructuras. En concreto, existen dos palabras que detesto ver publicadas en prensa: “zasca” y “trolleo”.
Son superiores a mí.

¿En serio son necesarias estas expresiones como cebo? De hecho, el gran problema de estos nuevos términos es que prometen más de lo que dan.

No necesito siquiera abrir un enlace de este tipo cuando lo leo para saber que SIEMPRE es más escandaloso el titular que el cuerpo de la noticia o el contenido del video.

Nos tratan como si fuéramos imbéciles y piensan que al poner “zasca” los jóvenes vamos a pensar: “Anda, pero si hablan como yo… Voy a ver qué es este contenido tan actual y fresquito”.

 

Esto ha sido todo… por ahora.

Hay muchas más muestras rodeándonos en este viejo nuevo mundo que es Internet. Seguro que vosotros sabréis encontrarlas para “haceros con todas” y convertiros en algo así como unos maestros Pokemon del clickbait.

Yo, por mi parte y una vez expulsada la bilis, voy a realizar un experimento. Intentaré trasladar algunas de estas técnicas al mundo real. Me acercaré a la camarera del bar, me la quedaré mirando y le susurraré: “Cuando salgas de aquí te recogeré para llevarte a dar un paseo… Y no creerás lo que pasará a continuación”.

No puede fallar.