Félix Vida Web

Otro proyecto que dejaré a medias

Categoría: Textos (página 1 de 5)

Eres un astronauta. Describe cómo sería un día perfecto – 5 de 642

Día 289. Otro más aquí arriba. O aquí abajo. Es irónica la manera en la que viajar por el espacio relativiza la concepción espacial. Cuando no tienes con qué comparar, todo puede estar del derecho o del revés. O viceversa. O todo a la vez.

Me he despertado temprano, coincidiendo con el amanecer de mi tierra en la Tierra. Me gusta mantener esa costumbre siempre que puedo. Me hace sentir un poco más cerca de casa. Aquí arriba (o aquí abajo), la alarma del despertador ha sustituido al dolor de espalda que me despertaba cada mañana. El dolor desapareció a las pocas semanas de despegar y ahora incluso soy un poco más alto. A mi compañero Jerry le gusta decir que aquí crecemos porque los problemas no tienen tanta gravedad. Le encanta hacer chistes malos sobre el asunto gravitatorio. Yo le digo que está loco y él me contesta que sí, pero que no es nada grave.

Tenía tanto sueño que cuando he ido a lavarme los dientes, casi me trago el dentífrico creyendo que era la pasta esa que comemos cuando nos ponemos en cero (así es como llamamos aquí a suspender la gravedad). Sé que puede sonar genial pero vivir sin gravedad es una mierda porque hasta estornudar se convierte en un problema. Todo flota. Todo se suspende. Ni siquiera podemos tener una puta planta de verdad porque no la podemos regar. Yo me traje una de plástico y de vez en cuando, simulo que la riego para no perder la costumbre. Aquí arriba (o aquí abajo), es fácil dejar de sentirme humano a poco que te despistes.

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Escribe actualizaciones de tu estado de Facebook para el año 2023 – 4 de 642

  • Historias para tristes #38:
    Era tan perfecta que lo tenía todo. Incluso aquel “no” dibujado en sus labios.
  • Hoy es lunes y vuelvo a comenzar la dieta. Esta vez estoy seguro que lo conseguiré…
  • ¡Me cago en mis muertos! Sabía yo que al final Vox lo conseguía.
  • Hoy un alumno me ha preguntado en clase por un escrito mío. Y no le he sabido responder.
    Y no creo que aprenda nunca.
  • Nunca había vivido tan cerca del río, ni tan lejos de todo lo demás.
  • Hoy he vuelto a recordar que la había olvidado. Ojalá mi memoria fuera como Facebook y pudiera desetiquetarla de mi vida… Pero no, nunca necesitaré que nadie me haga olvidar que la recuerde.
  • Como siempre os digo: recordad que hoy se acaba el año, no el mundo. ¡Feliz 2024!
  • Reír y llorar son la misma cosa solo que al revés; y hoy estoy haciendo pino. Y no sé lo que quiero. Ni lo que hago.
    Ni dónde quedaron mis pies.
  • Historias para tristes #39:
    Se dijeron “adiós” en mitad de un abrazo y, como quien se amputa una pierna, aún puede sentirla cuando hace frío.
  • Tengo 35 años y sigo sin saber lo que quiero. Tampoco creo que lo averigüe nunca del todo. Ni ya me parece que sea algo importante.
  • De pequeño soñaba con que para el 2023, los coches ya volarían. Hoy, que lo que vuela es el calendario, me conformaría con que no contaminasen.
  • Nunca he tenido la valentía necesaria siquiera para ser cobarde.
  • Pensaba con las manos. Bailaba con los ojos. Reía con el cuerpo…
    Y no la vi nunca llorar.
  • Soy un tío gracioso. No tengo grandes virtudes pero tengo esa. El problema es que, a ratos, se cierra el circo y los enanos me miran por encima del hombro, y el trapecio suena oxidado.  No recuerdo si puse la red de seguridad.
    ¡The show must go on!
  • Para cuando la vuelva a ver habrán pasado muchas lunas. 
    Tantas como risas caben en su boca.
    Tantas como formas de ignorarme.
  • La vergüenza no debería servir más que para perderla entre los cojines de cualquier sofá.
  • Me he equivocado tantas veces en la vida que estoy seguro que no me volverá a ocurrir… pero puede que me equivoque.
  • Historias para tristes #40:
    Él nunca la besó. Ella lo olvidó pronto.
    Y, de entre las secuelas de aquel error, sólo le queda una estúpida costumbre por escribir en tercera persona.

Una planta de interior se está muriendo. Explícale por qué tiene que vivir – 3 de 642

Te escribo sobre el último pétalo que has dejado caer; no tienes que avergonzarte, yo también lloro a veces. Por eso necesito que te quedes conmigo, para llenar con tu oxígeno cada una de las bocanadas de mis llantos… o de nuestras carcajadas.

Quédate conmigo y te prometo que te ayudaré a ver el mundo a través de mis ojos de la misma forma en que yo me acostumbré a olerlo a través de tus flores. Sí, lo sé. Sé que al frío de cada invierno me olvido de nuestras primaveras pero sabes que en realidad estoy por ti como una regadera.

Sólo aguanta un poco más. Mira, te cambio de ventana si quieres. O te compro agua mineral. O te trasplanto a mi corazón… pero no me dejes. Necesito seguir viendo tus hojas verdes, esas que mi vago daltonismo ya aprendió a distinguir.

No tengas envidia de las rosas, ni te ofendas al recordar a aquel maleducado girasol que acabó por darte la espalda. Lucha por tu vida mientras te queden espinas que, créeme, cuando más daño me harán será cuando ya no puedan pincharme. Ahora, al menos, la sangre que derramo con cada abrazo que nos damos te sirve de alimento. Mi sangre a cambio de tu vida…
¿Aceptas el trato?

Simplemente dame otra estación para demostrarte que no te engaño con esas flores de plástico que tanto odias. Te juro que su inmortalidad no vale siquiera la más débil de tus raíces.

Quédate a mi lado, sigue con tu respiración inversa un poco más y te prometo que para la próxima siembra, si aún quieres morir, yo te ayudaré a hacerlo. Llevaré tu maceta al exterior, ese que te fue prohibido al nacer y moriremos juntos enfermos de luz de verano.

Y que nos arrastre el otoño, desnudos y secos.
Y que su viento nos duerma lejos.

Para volver a nacer.
Para volver a ser.
Para volver.

Juntos.

                                                                                                                                 

El peor plato de Navidad que hayas probado jamás – 2 de 642

Supongo que he tenido suerte si no soy capaz de recordar un mal plato por Navidad. La mesa se convertía aquellas noches en un campo de futbol y, sobre él, una alineación con la que era imposible perder el partido. Imagina.

En la portería, el cangrejo. ¿Quién se iba a atrever a meterle un gol a un bicho de cáscara dura, diez patas y dos pinzas por guantes?

Lomo, chorizo, jamón y carne mechada… ¡Vaya defensa! No imagino delantero capaz de enfrentarse a una zaga tan ibérica sin salir siendo un pringado. Literalmente.

Los langostinos son los reyes del centro del campo repartiendo el juego hacia las bandas donde, quién si no, se encuentran las gambas. Para ellas, más pequeñas y rápidas, es sencillo recorrer el campo y hacer lo que mejor saben: gambetear.

Y en la delantera, para cerrar tan magno equipo, el pavo relleno. El de mi abuela, ¡no acepten imitaciones! Con gran cuerpo, buena presencia y capaz de matar al que quiera morir de sabor.

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Cosas que pueden pasar en un segundo – 1 de 642

El cambio de mi segundero.
Un grito. Un susurro. Un suspiro.
El inicio de la sonrisa que cambió tu vida. O la mía.
La precipitación de la gota que, al caer, colmó el vaso. La caída del vaso. Su rotura.
Un disparo. Su sonido. Sus efectos.
La pronunciación de un “Sí, quiero” que lo cambiará todo. La respuesta de otro que no cambiará nada.
Otro grito. Otro susurro. Otro suspiro. Un mordisco.
El encendido de una bombilla. Su chasquido. Los ojos adaptándose. La verdad. Una verdad.
El reflejo en el espejo. El deslizamiento de una lágrima sobre una mejilla. La mentira. Una mentira.
Un guiño. Dos pestañeos. Tres pulsaciones de un corazón infartándose.
El principio de algo. El final de cualquier cosa.
Otro grito. Otro susurro. Otro suspiro. Otro mordisco. Un escalofrío.
La mutación de una respuesta. La mentira del “No”. Las ganas del “Sí”.
Un frenazo sobre un paso de peatones. Un salto. Dos vidas de más. Tres puntos de menos.
El sonido de una cremallera. La caída de un vestido al suelo. La patada que lo lanza. Su vuelo hasta una cara. La sonrisa bajo el vestido.
El primer aliento de un bebé. La última palabra de un moribundo.
Un eructo. Un pedo. Un tortazo. Un beso.
Otro grito. Otro susurro. Otro suspiro. Otro mordisco. Otroescalofrío. Al fin, el orgasmo.

El comienzo del resto de nuestras vidas.

Lo mío, pa´ mí – Sobre la apropiación cultural

Normalmente los que me leéis, habréis notado cierta querencia a un estilo de escritura que se embarroca al comienzo para luego cerrar con una conclusión sencilla o directa. O ambas cosas. O ninguna. Lo podéis comprobar en mi última actualización.
Ese es mi estilo. Esa es mi forma de escribir… Y como es algo mío y he decidido denunciar a todo aquella persona, física o jurídica, que se atreva a emularlo.

Y hete aquí una burda pero clara explicación de la utilización que hoy en día se viene haciendo de la llamada “apropiación cultural”. Sí. La cito entrecomillada para que se sepa que no me estoy apropiando del concepto de apropiación. Eso no sería apropiado.

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Lo entiendo. De verdad que lo entiendo.

Lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Nunca os hubiera reprochado nada de haber sabido que no lo hacéis porque unos terroristas han secuestrado a vuestros familiares y os amenazan con matarlos en caso de que lo hagáis. Así es normal que no atinéis.
Ah, ¿que no es eso?

Entonces lo entiendo. De verdad que lo entiendo. No lo hacéis por aquella antigua lesión metacarpiana que os tuvo retirados de la profesión durante tantos años. ¡Haber empezado por ahí! De esa forma, es imposible que me enfade con vosotros. Nunca me podría perdonar que, al hacerlo, recayerais de esa dolencia que tanto os turbó la vida.
¿Qué tampoco es eso?

Pues no hace falta decir más. Lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Me hubiera ahorrado esos gritos que os he ido regalando si me hubierais explicado antes que dejasteis de hacerlo porque tuvisteis una experiencia extracorpórea en la que un ángel enviado del más allá os reveló los males que provocaríais al hacerlo. No se puede luchar contra lo sobrenatural. Donde hay Dios no manda nazareno.
¿Cómo? ¿Que no es esa la razón?

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Un San Pedro secular

Estoy de estreno. Trabajo, para más señas. Voy de uniforme, paso bastante tiempo sentado y saludo a mucha gente. Una buena sonrisa siempre abre puertas y, en este caso, casi es algo literal. Abrir puertas y sonreír. Me siento un poco como San Pedro, pero supongo que él no tiene que lidiar con el problema de que las almas le dejen marcadas las huellas de sus manos en las cristaleras de las puertas.

Cuando no soy San Pedro puedo jugar a ser dios, aunque en minúsculas. La luz se hace cuando yo lo ordeno, puedo regar campos y abrir el cuarto de contadores, que vale que no suena tan bonito pero que también tiene su aquel.

No soy todopoderoso ni omnisciente pero un poco omnipresente… sí. Soy capaz de recorrer grandes distancias para saber qué está ocurriendo en diferentes lugares a golpe de córnea. Unos ángeles de seguridad enviados con cámaras hicieron posible dicho milagro. También es verdad que existen los agentes del diablo: interferencias y telarañas que dificultan mi poder pero, mal que bien, aún les puedo.

Pues con todo lo anterior he concluido que poseo uno de esos trabajos en los que lo mejor que puede pasar… es que nada pase. En mi paraíso particular, para que el bien no gane al mal, lo mejor es que no exista batalla alguna. Es algo injusto porque el bando del bien pierde en todas las guerras, aunque las gane. El mal, por su lado, gana hasta cuando pierde. ¿Lo mejor entonces? La nada.

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Preguntas luna

En ocasiones nos formulamos preguntas desde el error de creer que tienen respuesta. Hay cuestiones que creamos sólo para poder pensarlas, no para resolverlas. Yo las llamo “preguntas luna”: están ahí, las vemos, y si el cielo está despejado, nos maravillan un rato… pero nunca las ensuciaremos con nuestras certezas.

¿Qué es tener éxito? Dependerá del receptor pues cada combatiente determina sus victorias. Tener mucho poder puede ser el gran logro de alguien que mira con desprecio a otro que está consiguiendo su gran meta: otro pico más de heroína para pasar el día. Probablemente sea un ejemplo extremista y tendencioso pero es porque nos han educado en esa moral. Lo han conseguido. Supongo que esa fue la victoria de nuestros educadores.

Si hay pocas respuestas universales, sólo nos queda hablar sobre nuestros universos y disfrutar comparándolos. Hoy me gustaría dejar aquí un pedacito del mío.

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¡Recuerdos al tren!

A sus 30 navidades ya había aprendido a distinguir a los magos de los estafadores pero aún así, a veces, le gustaba dejarse engañar porque lo consideraba una forma de arte. No se creía todo lo que le rodeaba pero sí lo valoraba con justicia, como el que firma el pacto ficcional de la película que le comienzan a proyectar.
Y después estaba la verdad.

Cada quien tenía algo y algunos lo tenían casi de todo.
O les faltaba casi de nada.

De cada viaje se llenaba la maleta de pasajeros en una forma simulada de secuestro no siempre aceptada por todos. Muchas veces, ni por él mismo. El equipaje iba ganando peso para, al final del trayecto, desanclar los cierres y comprobar las imágenes que quedaban impregnadas entre las sudaderas con gorrito y las miguitas de pan del bocadillo que compró en el apeadero.

Este viaje no había terminado pero había decidido hacer recuento en el camino. Aprovechando el silencio de la noche, se escabulló por el pasillo arrastrando la maleta. Llegó al bar y lo soltó todo sobre la mesa. Se acomodó y comenzó a hacer inventario.

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