¡MAYDAY! ¡MAYDAY! ¡Necesito refuerzos! ¡Estoy en mitad de un tiroteo! ¿Hay alguien ahí?

Debo respirar…
Debo mantener la calma…

Supongo que este momento, cuando la muerte me acecha, es tan bueno como otro cualquiera para contar esta historia…

Nuestra historia…

Cuando todo comenzó, nadie esperaba que el conflicto llegase tan lejos.

Recuerdo nuestra llegada. Todos gritábamos emocionados: un nuevo mundo era posible; teníamos una nueva oportunidad de demostrar nuestra valía. Pronto nos refugiamos en un pequeño granjero abandonado a la orilla del mar. Aquel lugar olía a vida… ¡Qué poco duró aquella calma!

El primero en caer fue Jonathan, o Johnnie, como le gustaba hacerse llamar en honor a su marca güisqui favorita. Se asomó al tejado para otear la zona. Fue sólo un segundo. Un maldito segundo, suficiente para recibir el primer disparo. Vicen subió a curarle pero ya era demasiado tarde. Tuvimos que abandonarle. ¿Lo recuerdas? Tú, Vicen y yo, saltando por la ventana en dirección al acantilado, con los ojos encharcados por las lágrimas, la piel teñida por su sangre y la ropa impregnada por el hedor de su muerte.

Comenzó la lluvia sobre nuestras cabezas. De balas y agua; y ambas nos supieron hacer daño. Encontramos un pequeño carro motorizado que nos sirvió de alas para huir. De la muerte. Del frío. Del remordimiento.

Llegamos a una pequeña aldea con motivos asiáticos que ya había sido saqueada. Vicen conocía un escondrijo aislado porque ya había visitado el pueblo en más de una ocasión.

-Siempre que llego aquí pienso si no sería este un buen sitio para quedarse a vivir -nos dijo con voz queda junto al cartel que daba nombre al pueblo- por eso no me gustaría morir en él.

No terminó sus palabras cuando comenzó a correr en dirección a la gasolinera. Hurgó en el suelo y halló un botín olvidado. Nos lo repartimos y bailamos estúpidamente de alegría porque los tres sabíamos que cuando la muerte se acerca es cuando más razones nos da la vida para celebrarla.

Bebimos y reímos. Encendimos una pequeña fogata y nos recuperamos… pero nada es eterno.

Un trueno rompió la noche en dos. Después otro. Y otro más.
Debíamos salir de allí.

– ¡Yo conduzco! -gritó Vicen.

Tomó las llaves y salió al parking pero nuestro vehículo ya no estaba. Cuando luchas por sobrevivir no te preocupa la pertenencia de nada más allá de la de tu propia existencia.

– “¡Allí están! ¡Apuntad hacia el norte!”

Vicen tomó la iniciativa. Disparó sin preguntar. Ni a ellos ni a nosotros; simplemente disparó. Tú y yo nos quedamos en silencio, escondidos como dos cobardes.

-¿Dónde cojones estáis, cabrones?

Pero nadie respondió. Y él, en lugar de enfadarse, cambió aquellas túnicas estrafalarias que solía llevar para vestirse de héroe por nosotros. Por ti y por mí. Por dos cobardes. Comenzó a correr en dirección a las balas, levantó el dedo que sujetaba la anilla y saltó sobre nuestros enemigos. No hubo bailes más después de aquello.
No para él.

La lluvia era fuego sobre nuestras mejillas embarradas. Se volvió imposible distinguir qué gota era lágrima y cuál lluvia y, sin embargo, todas dolían.

Corrimos. Saltamos. Huimos.

De repente nos vimos solos, rodeados de esos íntimos enemigos que se crean en el campo de batalla. Cuando alguien te dispara mirándote a los ojos no puedes más que empatizar con él porque en realidad los dos cargáis con el mismo miedo sobre los hombros: que sea su cara la última mirada de tus ojos.

Primero fue Johnnie. Luego Vicen. Ya sólo quedamos tú y yo.

Estoy escondido detrás de un seto, pidiendo ayuda. Tu ayuda. Llevo aquí dos minutos escondido como una puta rata mientras veo a los enemigos disparándose entre ellos.
Sé que seré el siguiente.

¿Dónde estás que no contestas?

¿No me jodas… que eso que he escuchado… era el repartidor de pizza?

Pero…

¡ME CAGO EN TUS MUERTOS CURRO!

¡ES LA PUTA ÚLTIMA VEZ QUE JUEGO AL FORNITE CONTIGO!