Supongo que he tenido suerte si no soy capaz de recordar un mal plato por Navidad. La mesa se convertía aquellas noches en un campo de futbol y, sobre él, una alineación con la que era imposible perder el partido. Imagina.

En la portería, el cangrejo. ¿Quién se iba a atrever a meterle un gol a un bicho de cáscara dura, diez patas y dos pinzas por guantes?

Lomo, chorizo, jamón y carne mechada… ¡Vaya defensa! No imagino delantero capaz de enfrentarse a una zaga tan ibérica sin salir siendo un pringado. Literalmente.

Los langostinos son los reyes del centro del campo repartiendo el juego hacia las bandas donde, quién si no, se encuentran las gambas. Para ellas, más pequeñas y rápidas, es sencillo recorrer el campo y hacer lo que mejor saben: gambetear.

Y en la delantera, para cerrar tan magno equipo, el pavo relleno. El de mi abuela, ¡no acepten imitaciones! Con gran cuerpo, buena presencia y capaz de matar al que quiera morir de sabor.

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