Félix Vida Web

Otro proyecto que dejaré a medias

Mes: julio 2019

Eres un astronauta. Describe cómo sería un día perfecto – 5 de 642

Día 289. Otro más aquí arriba. O aquí abajo. Es irónica la manera en la que viajar por el espacio relativiza la concepción espacial. Cuando no tienes con qué comparar, todo puede estar del derecho o del revés. O viceversa. O todo a la vez.

Me he despertado temprano, coincidiendo con el amanecer de mi tierra en la Tierra. Me gusta mantener esa costumbre siempre que puedo. Me hace sentir un poco más cerca de casa. Aquí arriba (o aquí abajo), la alarma del despertador ha sustituido al dolor de espalda que me despertaba cada mañana. El dolor desapareció a las pocas semanas de despegar y ahora incluso soy un poco más alto. A mi compañero Jerry le gusta decir que aquí crecemos porque los problemas no tienen tanta gravedad. Le encanta hacer chistes malos sobre el asunto gravitatorio. Yo le digo que está loco y él me contesta que sí, pero que no es nada grave.

Tenía tanto sueño que cuando he ido a lavarme los dientes, casi me trago el dentífrico creyendo que era la pasta esa que comemos cuando nos ponemos en cero (así es como llamamos aquí a suspender la gravedad). Sé que puede sonar genial pero vivir sin gravedad es una mierda porque hasta estornudar se convierte en un problema. Todo flota. Todo se suspende. Ni siquiera podemos tener una puta planta de verdad porque no la podemos regar. Yo me traje una de plástico y de vez en cuando, simulo que la riego para no perder la costumbre. Aquí arriba (o aquí abajo), es fácil dejar de sentirme humano a poco que te despistes.

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Escribe actualizaciones de tu estado de Facebook para el año 2023 – 4 de 642

  • Historias para tristes #38:
    Era tan perfecta que lo tenía todo. Incluso aquel “no” dibujado en sus labios.
  • Hoy es lunes y vuelvo a comenzar la dieta. Esta vez estoy seguro que lo conseguiré…
  • ¡Me cago en mis muertos! Sabía yo que al final Vox lo conseguía.
  • Hoy un alumno me ha preguntado en clase por un escrito mío. Y no le he sabido responder.
    Y no creo que aprenda nunca.
  • Nunca había vivido tan cerca del río, ni tan lejos de todo lo demás.
  • Hoy he vuelto a recordar que la había olvidado. Ojalá mi memoria fuera como Facebook y pudiera desetiquetarla de mi vida… Pero no, nunca necesitaré que nadie me haga olvidar que la recuerde.
  • Como siempre os digo: recordad que hoy se acaba el año, no el mundo. ¡Feliz 2024!
  • Reír y llorar son la misma cosa solo que al revés; y hoy estoy haciendo pino. Y no sé lo que quiero. Ni lo que hago.
    Ni dónde quedaron mis pies.
  • Historias para tristes #39:
    Se dijeron “adiós” en mitad de un abrazo y, como quien se amputa una pierna, aún puede sentirla cuando hace frío.
  • Tengo 35 años y sigo sin saber lo que quiero. Tampoco creo que lo averigüe nunca del todo. Ni ya me parece que sea algo importante.
  • De pequeño soñaba con que para el 2023, los coches ya volarían. Hoy, que lo que vuela es el calendario, me conformaría con que no contaminasen.
  • Nunca he tenido la valentía necesaria siquiera para ser cobarde.
  • Pensaba con las manos. Bailaba con los ojos. Reía con el cuerpo…
    Y no la vi nunca llorar.
  • Soy un tío gracioso. No tengo grandes virtudes pero tengo esa. El problema es que, a ratos, se cierra el circo y los enanos me miran por encima del hombro, y el trapecio suena oxidado.  No recuerdo si puse la red de seguridad.
    ¡The show must go on!
  • Para cuando la vuelva a ver habrán pasado muchas lunas. 
    Tantas como risas caben en su boca.
    Tantas como formas de ignorarme.
  • La vergüenza no debería servir más que para perderla entre los cojines de cualquier sofá.
  • Me he equivocado tantas veces en la vida que estoy seguro que no me volverá a ocurrir… pero puede que me equivoque.
  • Historias para tristes #40:
    Él nunca la besó. Ella lo olvidó pronto.
    Y, de entre las secuelas de aquel error, sólo le queda una estúpida costumbre por escribir en tercera persona.

Una planta de interior se está muriendo. Explícale por qué tiene que vivir – 3 de 642

Te escribo sobre el último pétalo que has dejado caer; no tienes que avergonzarte, yo también lloro a veces. Por eso necesito que te quedes conmigo, para llenar con tu oxígeno cada una de las bocanadas de mis llantos… o de nuestras carcajadas.

Quédate conmigo y te prometo que te ayudaré a ver el mundo a través de mis ojos de la misma forma en que yo me acostumbré a olerlo a través de tus flores. Sí, lo sé. Sé que al frío de cada invierno me olvido de nuestras primaveras pero sabes que en realidad estoy por ti como una regadera.

Sólo aguanta un poco más. Mira, te cambio de ventana si quieres. O te compro agua mineral. O te trasplanto a mi corazón… pero no me dejes. Necesito seguir viendo tus hojas verdes, esas que mi vago daltonismo ya aprendió a distinguir.

No tengas envidia de las rosas, ni te ofendas al recordar a aquel maleducado girasol que acabó por darte la espalda. Lucha por tu vida mientras te queden espinas que, créeme, cuando más daño me harán será cuando ya no puedan pincharme. Ahora, al menos, la sangre que derramo con cada abrazo que nos damos te sirve de alimento. Mi sangre a cambio de tu vida…
¿Aceptas el trato?

Simplemente dame otra estación para demostrarte que no te engaño con esas flores de plástico que tanto odias. Te juro que su inmortalidad no vale siquiera la más débil de tus raíces.

Quédate a mi lado, sigue con tu respiración inversa un poco más y te prometo que para la próxima siembra, si aún quieres morir, yo te ayudaré a hacerlo. Llevaré tu maceta al exterior, ese que te fue prohibido al nacer y moriremos juntos enfermos de luz de verano.

Y que nos arrastre el otoño, desnudos y secos.
Y que su viento nos duerma lejos.

Para volver a nacer.
Para volver a ser.
Para volver.

Juntos.

                                                                                                                                 

El peor plato de Navidad que hayas probado jamás – 2 de 642

Supongo que he tenido suerte si no soy capaz de recordar un mal plato por Navidad. La mesa se convertía aquellas noches en un campo de futbol y, sobre él, una alineación con la que era imposible perder el partido. Imagina.

En la portería, el cangrejo. ¿Quién se iba a atrever a meterle un gol a un bicho de cáscara dura, diez patas y dos pinzas por guantes?

Lomo, chorizo, jamón y carne mechada… ¡Vaya defensa! No imagino delantero capaz de enfrentarse a una zaga tan ibérica sin salir siendo un pringado. Literalmente.

Los langostinos son los reyes del centro del campo repartiendo el juego hacia las bandas donde, quién si no, se encuentran las gambas. Para ellas, más pequeñas y rápidas, es sencillo recorrer el campo y hacer lo que mejor saben: gambetear.

Y en la delantera, para cerrar tan magno equipo, el pavo relleno. El de mi abuela, ¡no acepten imitaciones! Con gran cuerpo, buena presencia y capaz de matar al que quiera morir de sabor.

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Cosas que pueden pasar en un segundo – 1 de 642

El cambio de mi segundero.
Un grito. Un susurro. Un suspiro.
El inicio de la sonrisa que cambió tu vida. O la mía.
La precipitación de la gota que, al caer, colmó el vaso. La caída del vaso. Su rotura.
Un disparo. Su sonido. Sus efectos.
La pronunciación de un “Sí, quiero” que lo cambiará todo. La respuesta de otro que no cambiará nada.
Otro grito. Otro susurro. Otro suspiro. Un mordisco.
El encendido de una bombilla. Su chasquido. Los ojos adaptándose. La verdad. Una verdad.
El reflejo en el espejo. El deslizamiento de una lágrima sobre una mejilla. La mentira. Una mentira.
Un guiño. Dos pestañeos. Tres pulsaciones de un corazón infartándose.
El principio de algo. El final de cualquier cosa.
Otro grito. Otro susurro. Otro suspiro. Otro mordisco. Un escalofrío.
La mutación de una respuesta. La mentira del “No”. Las ganas del “Sí”.
Un frenazo sobre un paso de peatones. Un salto. Dos vidas de más. Tres puntos de menos.
El sonido de una cremallera. La caída de un vestido al suelo. La patada que lo lanza. Su vuelo hasta una cara. La sonrisa bajo el vestido.
El primer aliento de un bebé. La última palabra de un moribundo.
Un eructo. Un pedo. Un tortazo. Un beso.
Otro grito. Otro susurro. Otro suspiro. Otro mordisco. Otroescalofrío. Al fin, el orgasmo.

El comienzo del resto de nuestras vidas.

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