A sus 30 navidades ya había aprendido a distinguir a los magos de los estafadores pero aún así, a veces, le gustaba dejarse engañar porque lo consideraba una forma de arte. No se creía todo lo que le rodeaba pero sí lo valoraba con justicia, como el que firma el pacto ficcional de la película que le comienzan a proyectar.
Y después estaba la verdad.

Cada quien tenía algo y algunos lo tenían casi de todo.
O les faltaba casi de nada.

De cada viaje se llenaba la maleta de pasajeros en una forma simulada de secuestro no siempre aceptada por todos. Muchas veces, ni por él mismo. El equipaje iba ganando peso para, al final del trayecto, desanclar los cierres y comprobar las imágenes que quedaban impregnadas entre las sudaderas con gorrito y las miguitas de pan del bocadillo que compró en el apeadero.

Este viaje no había terminado pero había decidido hacer recuento en el camino. Aprovechando el silencio de la noche, se escabulló por el pasillo arrastrando la maleta. Llegó al bar y lo soltó todo sobre la mesa. Se acomodó y comenzó a hacer inventario.

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