Félix Vida Web

Otro proyecto que dejaré a medias

Mes: julio 2018

La teoría de las piernas colgando

Hace unos días publiqué en mi perfil de Facebook una pregunta: “¿Quién me contó la Teoría de las piernas colgando?”

Recordaba la teoría. Incluso recordaba haber escrito sobre ella, sin embargo, no conseguía cerrar el círculo. Era como esa sensación de ver a un actor en una serie de poca monta cuando de repente tu mundo cambia, todo deja de importar… Y todo se ciñe a una pregunta: ¿dónde cojones he visto yo antes a este tío?.
Pues algo así.

Lo interesante del asunto es que hubo algunas personitas que, aún sabiendo que no fueron ellas, sí que se vieron interesadas por el título de aquella teoría. Les prometí que lo explicaría en cuanto recordase todo y para eso estamos aquí.

He buceado en mis escritos anteriores y lo he encontrado. Hoy, varios años después, lo vuelvo a publicar tal y cómo lo escribí.
Casi sin adulterar.

Sal a la calle y túmbate en el suelo sobre tu espalda. En decúbito supino que le llaman. Si tienes posibilidad mejor en la playa, en una bonita pradera o en algún otro sitio del ramo bucólico. Si no, casi mejor que sea un ejercicio mental; sobre todo para evitar el escarnio de tus vecinos al verte tumbado en el suelo del parking mirando al cielo en una posición más bien propia de un día de resaca posterior a una fiesta en la que lo pasaste demasiado bien.

Ahora toca moverse… pero solo un poco. Eleva tus piernas y brazos al cielo todo lo vertical que seas capaz. Si eres una persona flexible, parecerás una mesa con patas desiguales puesta del revés; si no lo eres, una especie de tumbona a medio abrir. En ambos casos parecerás gilipollas. Pero seguimos.

Si nos quedásemos en el plano de lo terrenal, ahora mismo eres una figura carente de elegancia tumbada como una cucaracha tras un buen rociado de veneno. Pensemos pues universalmente. Si imaginamos la tierra como la (casi) esfera que es y la situamos dentro del universo, ¿dónde estaríamos?

Pues con las piernas colgando.

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Hoy no

Hoy no tengo que escribir un libro.

Hoy tengo que ordenar sus primeras palabras. El primer capítulo quizá. La primera piedra hecha letra.

Hoy no tengo que perder 25 kilos.

Hoy tengo pensar que secarme una nueva gota de sudor. Y que ese escalón me anime más que ese ascensor.  Y que la fruta también es comida.

Hoy no tengo que decidir mi futuro.

Hoy tengo sólo que aprender dónde está el horizonte. Los cuatro de mis puntos cardinales. Y asumir que quizá, cuando alcance uno de ellos, tenga que retroceder porque no encontré lo que quería, aun sin saber lo que era.

Hoy no tengo que borrar la huella de mi culo de este sofá.

Hoy tengo que incorporarme. Evitar el inmovilismo de este bodegón cárnico en el que corro riesgo de convertirme. Ahuecar el cojín de la desidia.

Hoy no tengo que subir mi nuevo programa de radio.

Hoy tengo que soñarlo. Bastará con dibujarlo en mi mente preguntándome qué me gustaría escuchar si yo fuese el oyente y concederme el gusto de situarme a los dos lados de la antena.

Hoy no tengo que saber dibujar; o tocar la guitarra; o hacer malabares.

Hoy tengo que coger el lápiz.
Hoy tengo que afinar las cuerdas.
Hoy tengo que comprarme unas mazas.

En resumen…

Hoy, que no tengo que terminar nada, tengo que conseguir que todo comience.

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